miércoles, 24 de abril de 2013

Locura, Viaje Onírico - Segunda parte


Por Nicolás Cuevas

   Yo, era el único desconocido, todos tranquilamente se ubicaban en filas recibiendo medicinas, la paz y subordinación reinaban el ambiente, normal para aquellos, desesperante para mí. Todos abrían sus ojos lo más grande posible y observaban mis movimientos, reían de mi forma de hablar y caminar, yo era una extraterrestre para ellos, excepto para mi hermano y mi vieja amiga que sutilmente me decían: cuidado, ten mucho cuidado. Recorrí todo el lugar, muchas habitaciones de color celeste divididas por género, todas con tres camarotes, una cama de media plaza y un gran ventanal que daba a una plaza con árboles, bancas y juegos en el mismo terreno del ambiguo hogar. Al indagar por las piezas, perdí a mi hermano de vista, entonces comencé a parlar con un tipo delgado y de pelo oscuro, me dijo poco y nada de cómo salir, balbuceaba pacíficamente y miraba los juegos desde su litera. El miedo me abrazaba bruscamente, agitaba mi respiración, agudizaba mis sentidos, no sabía qué hacer, trataba de buscar una salida, pero se tornaba difícil, era un laberinto. De puerta en puerta, de habitación en habitación, llegue por casualidad donde estaban tres féminas, en sus respectivas camas, bastante guapas, pero raramente sonrientes, con ojos seductores me invitaron a pasar y comenzaron a platicar de sexo, ambas no tenían relaciones sexuales hace varios meses, y recordaban agradables prácticas que realizaban con sus parejas, ahora solteras, ofrecían sus ganas de amar al nuevo forastero. Una sonrisa dibujo mi rostro, el miedo momentáneamente desapareció, continuamos charlando con más profundidad del placer, historias y teorías decoraban el caluroso diálogo, luego risas se transformaron en carcajadas sin parar por horas. Cada chica tenía el cabello de color distinto una Negro, Rubio y otra Castaño, esta última de impactantes ojos verdes. La noche se asomaba debía partir, pero tras compartir un grato momento con las mujeres de cabellos diferentes decidí hospedar con los seres raramente sonrientes. De la oscuridad de un pasillo salió una enfermera, escalofriante escena y me trasladó hasta la habitación de mi hermano. Allí, una cama fría y escuálida me esperaba, los demás me miraban esperando una solución, la confusión y mezcla de emociones sacudió mi mente, ¿dónde estaba?, ¿por qué actuaban así?, ¿qué le pasó a mi hermano? Todos callaron, se acostaron y durmieron, el silencio fue inmortal esa noche, no podía conciliar el sueño, y de repente, mi vieja amiga se mete en mi cama de media plaza y me dice al oído: ven, acompáñame a mi cuarto, te necesito está noche a mi lado, necesito fuego humano. Mire a todos lados, seguí la silueta que atravesaba la penumbra, hasta llegar a su catre, coincidentemente era el mismo cuarto de las mujeres de cabellos disímiles, ellas dormían plácidamente, mientras mi vieja amiga comenzaba a desnudar su cuerpo y abrasarme. ¡Quémame! Susurraba. Ardíamos, mi entre pierna se perdía en su regazo, suave y ágil, en una danza de ritmos y ritos salvajes desarmábamos las sábanas y frazadas, el silencio era implacable y nuestros sonidos música ambiental inmersa en sudor y pasión. El tiempo transcurría sin sentirlo, con brutalidad y delicadeza avanzábamos al poder universal, mis manos recorrían su rostro, pelo, miraba fijamente el iris de sus ojos que se expandía, besaba con demencia sus pezones, acercaba y apretaba su trasero contra mí. Ella lamia mi cuello formando figuras, realizaba armoniosos suspiros, arañaba mi espalda con fogosidad, dejando escapar la vida, el tiempo-espacio, consumiendo fuego como alimento.

(continuará)

Locura, Viaje Onírico - Primera parte


Por Nicolás Cuevas

   Deambulaba por un hogar desordenado, buscaba ruido, sólo encontraba desorden, la casa aparentaba estar abandonada hace pocos segundos, por ese aire caliente que expulsan los cuerpos errantes. Dentro de las habitaciones habían zapatos y ropa por el suelo, un par de libros, sábanas, diarios y utensilios de cocina dando extrañas señales. Yo, continuaba avanzando en busca de mi hermano, hace mucho tiempo que no lo veía, necesitaba hablar de la vida, escuchar un buen disco y reírnos del pasado. De pronto, mientras tomaba un escrito del piso el cansancio inesperado encendía las ganas de dormir y desenvolver sueños en una de las tanta camas sin hacer, en ese momento aparece mi hermano, con aspecto deteriorado, pero contento, raramente contento. Me invita a una fiesta que están realizando en el lugar... ¿fiesta en un lugar deshabitado? Me deje llevar y seguí sus pasos. A fuera cientos de sillas, un jardín bien cuidado, pero permanecía vacío, pensé que se trataba de una broma y a medida que nos alejábamos del confuso hogar apareció una vieja amiga. Nuevamente un rostro deteriorado se presentaba frente a mí y raramente contenta. ¡Síguenos! y se reían entre ellos, de a poco muchas personas de aspecto frágil y miradas perdidas se acercaban sonrientes, ¡siéntate y disfruta exclamaban! Demasiado sonrientes, lo cual asustaba. Muy cerca de una muralla blanca estaban sentados la gran mayoría de los asistentes, al fondo, la familia de mi amiga, sus padres y abuela, de inmediato, me reconocieron y exclamaron en sus caras falsa esperanza, aún no entendía lo que pasaba. La madre de mi amiga me agradeció la inesperada visita, de su boca salieron palabras que no alcancé a escuchar y el padre de ella con su bigote característico alzaba su brazo para brindar y crear el momento perfecto para huir del lugar. En eso, todos corren, sin sentido alguno hacia un salón al fondo del patio, ¡corre, corre, corre! Gritaban extasiados, tal vez drogados o sólo felices de la situación. Al lado del salón se ubicaba una gran piscina, bastante limpia, pero nadie se bañaba, todos ingresaban a apurados al reciento cubierto por colores claros, predominaba el blanco invierno, pálido, como el delantal de una enfermera que sorpresivamente interrumpió.

(continuará)

Ojos de la Luna


  Ojos de la Luna.... Sigilosos y preciosos, almas liberadas del destino que nos persigue, en ilusiones de cristal se guardan secretos y pasiones....

  ¿Qué es la nada?, ¿Qué es es un todo?, ¿Qué es mentira?, ¿o qué es verdad?

  Drogas como dosis para alcanzar felicidad. Mi mente viaja en el espacio en busca de esa luz, en busca de mi adicción...

  La llave de esta puerta he perdido. El reflejo del agua es más claro ¿me ves?... Ojos de la Luna.... misteriosos y profundos.

Nicolás Cuevas

martes, 9 de abril de 2013

Aullido


    He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.

Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo El y vieron ángeles Mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados

Quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos alucinando con Arkansas y la tragedia luminosa de Blake entre los estudiantes de la guerra.

Quienes fueron expulsados de las academias por locos por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo.

Quienes se encogieron sin afeitar y en ropa interior, quemando su dinero en papeleras y escuchando el Terror a través de las paredes.

Quienes se jodieron sus pelos púbicos al volver de Laredo con un cinturón de marihuana para New York. 

Quienes comieron fuego en hoteles coloreados o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgaron sus torsos noche tras noche con sueños, con drogas, con pesadillas despiertas, alcohol y verga y bolas infinitas, ceguera incomparable; calles de nubes vibrantes y relámpagos en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todas las palabras inmóviles del Tiempo, sólidos peyotes de los vestíbulos, amaneceres en el cementerio del árbol verde, ebriedad del vino en los tejados, puestos municipales el neón estridente luces del tráfico parpadeantes, vibraciones del sol, la luna y los árboles en los bulliciosos crepúsculos de invierno de Brooklyn, estrepitosos tarros de basura y una regia clase de iluminación de la mente.

Quienes se encadenaron a sí mismos a los subterráneos para el viaje infinito desde Battery al santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de las ruedas y niños empujándolos hacia salidas exploradas estremecidas y desiertos golpeados de cerebros absolutamente secos de esplendor en la melancólica luz del Zoo. 

Quienes se hundieron toda la noche en la luz submarina de Bickford's emergidos y sentados junto a la añeja cerveza después del mediodía en el desola'do Fugazzi's, escuchando el crujido del destino en la caja de música de hidrógeno.

Quienes hablaron setenta horas seguidas desde el parque a la barra a Bellevue al museo al Puente de Brooklyn, batallón perdido de conversadores platónicos bajando de espaldas las escaleras de escape de los alfeizares del Empire State lejos de la luna, gritando incoherencias, vomitando susurrando hechos y recuerdos y anécdotas y patadas en la bola del ojo y traumas de hospitales y cárceles y guerras, intelectos enteros disgregados en amnesia por siete días y noches con ojos brillantes, carne para la Sinagoga arrojada al pavimento.

Quienes se desvanecieron en ninguna parte de Zen New Jersey dejando un reguero de ambiguas postales ilustradas de Atlantic City Hall, sufriendo sudores orientales y artritis Tangerianas y jaquecas de China bajo la basura en las salas sin muebles de Newark.

Quienes dieron vueltas y vueltas en la medianoche por el patio de trenes preguntándose adónde ir, y fueron, sin dejar corazones rotos.

Quienes prendieron cigarrillos en vagones traqueteando por la nieve hacia granjas solitarias en la noche del abuelo.

Quienes estudiaron a Plotino, Poe, San Juan de La Cruz, telepatía y cábala debido a que el cosmos instintivamente vibraba en sus pies en Kansas. 

Quienes solos por las calles de Idaho buscaban ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios.

Quienes pensaban que sólo estaban locos cuando Baltimore destellaba en éxtasis sobrenatural. Quienes saltaron a limusinas con el Chinaman de Oklahoma impulsados por la lluvia de los pequeños pueblos a la luz callejera de la medianoche del invierno.

Quienes haraganeaban hambrientos y solos por Houston buscando jazz o sexo o sopa, y siguieron al brillante español para conversar sobre América y la eternidad, una tarea sin esperanza, y tomaron un barco para Africa.

Quienes desaparecieron en los volcanes de México dejando tras suyo nada excepto la sombra del estiércol y la lava y la ceniza de la poesía quemada en Chicago.

Quienes reaparecieron en la Costa Oeste investigando el F.B.I. en barbas y pantalones cortos con grandes ojos pacifistas atractivos en su oscura piel entregando incomprensibles folletos.

Quienes se quemaron sus brazos con cigarros encendidos protestando contra la bruma narcótica del tabaco del Capitalismo.

Quienes distribuyeron panfletos supercomunistas en Union Square sollozando y desvistiéndose mientras las sirenas de Los Alamos los deprimían, y se deprimía Wall, y el ferry de Staten Islan también se deprimía.

Quienes rompieron a llorar en blancos gimnasios desnudos y temblorosos frente a la maquinaria de otros esqueletos.

Quienes mordieron detectives en el cuello y chillaron con placer en autos policiales por no cometer un crimen salvo su propia pederastia salvaje y su intoxicación.

Quienes aullaron de rodillas en el metro y fueron arrastrados por el techo ondeando sus genitales y manuscritos.

Quienes permitieron ser penetrados por el ano por virtuosos motociclistas, y gritaron con alegría.
Quienes chuparon y fueron chupados por aquellos serafines humanos, los marineros, caricias del amor Atlántico y Caribeño.

Quienes eyacularon en la mañana en la tarde en jardines de rosas y en el pasto de parques públicos y cementerios esparciendo su semen libremente a quienquiera que llegara.

Quienes hiparon sin cesar tratando de reír pero se torcían de llanto detrás de un cubículo de un Baño Turco cuando el ángel rubio y desnudo venía a atravesarlos con una espada.

Quienes perdieron a sus amantes por las tres viejas musarañas del destino, la musaraña tuerta del dólar heterosexual, la musaraña tuerta que hace guiños fuera del útero y la musaraña tuerta que no hace nada sino sentarse en su trasero y corta las hebras doradas intelectuales del vislumbre del artesano.

Quienes copularon extáticos e insaciables con una botella de cerveza, un novio, un paquete de cigarrillos, una vela y se cayeron de la cama, y continuaron en el suelo y por los pasillos y terminaron desmayándose en la pared con una visión del último coño y llegaron a eludir el último atisbo de conciencia.

Quienes endulzaron las conchitas de un millón de chicas temblorosas en el ocaso, y tenían los ojos rojos en la mañana pero preparados para endulzar las conchitas del sol naciente, destellantes traseros bajo los establos y desnudos en el lago (...)

Rocky Mount para ofrecer Buddha o Tánger a los muchachos al Southern Pacific a la locomotora negra o a Harvard a Narciso a Woodland para la sepultura o daisychain.

Quienes exigieron juicios de cordura acusando a la radio de hipnotismo y fueron dejados con su locura y sus manos y un jurado colgado. 

Quienes arrojaron papas saladas a los conferencistas de Dadaismo en CCNY y subsecuentemente se presentaron ellos mismos en las baldosas de granito del manicomio con cabezas rapadas y un discurso arlequinesco de suicidio, demandando una lobotomía instantánea, y quienes a su vez se entregaron a la nulidad concreta de la insulina, Metrazol, electricidad, hidroterapia, psicoterapia, terapia ocupacional, ping pong y amnesia.

Quienes en protesta seria dieron vuelta sólo una simbólica mesa de ping pong, descansando brevemente en catatonia, volviendo años después verdaderamente calvos excepto por una peluca de sangre, y lágrimas y dedos, a la visible fatalidad del hombre loco de los pupilos de los pueblos locos del Este, salas fétidas de Pilgrim State's Rockland's y Greystone discutiendo con los ecos del alma, pegando y rodando en la soledad-banca-dolmen-reinos del amor de medianoche, sueños de vida en una pesadilla cuerpos convertidos en roca tan pesados como la luna, con la madre finalmente, y el último libro fantástico arrojado por las ventanas del departamento, y la última puerta cerrada a las 4 A.M. y el último teléfono pegado a la pared sonando y la última pieza amueblada, un papel rosa amarillo torcido en un colgador de alambre en el closet, e incluso eso imaginario, nada sino un poco de esperanzadora alucinación ah, Carl, mientras no estés seguro yo no estoy seguro, y ahora tú estás realmente en la sopa animal total del tiempo y quienes por lo tanto corrieron a través de las calles congeladas obsesionados con un repentino destello de la alquimia del uso de la elipse el catálogo el metro y el plano vibrante.

Quienes soñaron y encarnaron brechas en el Tiempo y Espacio a través de imágenes yuxtapuestas, y atraparon al arcángel del alma entre 2 imágenes visuales y unieron los verbos elementales y establecieron el nombre y rasgos de la conciencia al mismo tiempo saltando con sensación de Pater Omnipotens Aeterna Deus para recrear la sintaxis y medida de la pobre prosa humana y ponerse frente a ti estupefacto e inteligente y sacudirse con vergüenza, rechazando incluso revelar el alma para conformarse al ritmo del pensamiento en su desnuda y eterna cabeza, el vagabundo loco y el golpe del ángel del Tiempo, desconocido, incluso poniendo aquí lo que podría dejar de ser dicho en tiempo de volver después de la muerte, y surgieron reencarnados en los trajes fantasmales del jazz en la sombra del corno dorado de la banda y exhalar el sufrimiento de la mente desnuda de América para amar en un eli eli lamma lamma sabacthani saxofón que llora estremeciendo las ciudades bajo la última radio con el corazón absoluto del poema de la vida descarnada de sus propios cuerpos buenos para comer mil años.

Allen Ginsberg

domingo, 31 de marzo de 2013

La Poesía

   

    Y fue a esa edad... Llegó la poesía a buscarme. No sé, no sé de dónde salió, de invierno o río. No sé cómo ni cuándo, no, no eran voces, no eran palabras, ni silencio, pero desde una calle me llamaba, desde las ramas de la noche, de pronto entre los otros, entre fuegos violentos o regresando solo, allí estaba sin rostro y me tocaba.

    Yo no sabía qué decir, mi boca no sabía nombrar, mis ojos eran ciegos, y algo golpeaba en mi alma, fiebre o alas perdidas, y me fui haciendo solo, descifrando aquella quemadura, y escribí la primera línea vaga, vaga, sin cuerpo, pura tontería, pura sabiduría del que no sabe nada, y vi de pronto el cielo desgranado y abierto, planetas, plantaciones palpitantes, la sombra perforada, acribillada por flechas, fuego y flores, la noche arrolladora, el universo.

    Y yo, mínimo ser, ebrio del gran vacío constelado, a semejanza, a imagen del misterio, me sentí parte pura del abismo, rodé con las estrellas, mi corazón se desató en el viento.

Pablo Neruda

Agua Sexual


   Rodando a goterones solos, a gotas como dientes, a espesos goterones de mermelada y sangre, rodando a goterones, cae el agua, como una espada en gotas, como un desgarrador río de vidrio, cae mordiendo, golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del alma, rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro.

   Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto, un líquido, un sudor, un aceite sin nombre, un movimiento agudo, haciéndose, espesándose, cae el agua, a goterones lentos, hacia su mar, hacia su seco océano, hacia su ola sin agua.

   Veo el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero, bodegas, cigarras, poblaciones, estímulos, habitaciones, niñas durmiendo con las manos en el corazón, soñando con bandidos, con incendios, veo barcos, veo árboles de médula erizados como gatos rabiosos, veo sangre, puñales y medias de mujer, y pelos de hombre, veo camas, veo corredores donde grita una virgen, veo frazadas y órganos y hoteles.

  Veo los sueños sigilosos, admito los postreros días, y también los orígenes, y también los recuerdos, como un párpado atrozmente levantado a la fuerza estoy mirando.

   Y entonces hay este sonido: un ruido rojo de huesos, un pegarse de carne, y piernas amarillas como espigas juntándose. Yo escucho entre el disparo de los besos, escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos.

    Estoy mirando, oyendo, con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma en la tierra, y con las dos mitades del alma miro al mundo.

   Y aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente, veo caer un agua sorda, a goterones sordos. Es como un huracán de gelatina, como una catarata de espermas y medusas. Veo correr un arco iris turbio. Veo pasar sus aguas a través de los huesos.

Pablo Neruda

viernes, 29 de marzo de 2013

Al más allá


La Nada y las palabras 
se mezclan en un Todo...
Tu Universo y ese Corazón 
expulsados del averno
 reclaman un poco de Amor...
Y esta noche, salgo a caminar 
con la Bohemia y la Locura 
al más allá...

Nicolás Cuevas